miércoles, 25 de julio de 2007

LEYENDAS DE TANDIL

LEYENDA EL CENTINELA

Eran los primeros tiempos del Fuerte Independencia, que había incrustada su avanzada civilizadora entre los ricos valles y serranías de la hoy floreciente TANDIL. Algunos soldados que se aventuraban, en vespertinas cacerías hacia los inexplorados rincones de las serranías, habían traído la noticia o la leyenda de una extraña jovencita, de piel blanca, de hermoso porte, que como una gacela sorprendida, desaparecía con habilidad en cuanto se apercibía de ser observada, siendo inútil después cuanto se hiciera para volver a encontrarla. AMAIKE era una extraña flor de la región. Su madre, india, había muerto cuando ella era muy niña. Vivía junto al cariño de su padre, un hombre ciertamente curioso en su aspecto y que, por otra parte, denunciaba su ascendencia extranjera, y puede ello admitirse, que era hijo de la cautiva de un gran cacique. AMAIKE había heredado la fortaleza de la raza aborigen y una belleza asiática que, si bien hallaba apropiado marco en tan preciosos lugares, contrastaba con la rusticidad de las hijas del lugar. Su vida natural, en constante ejercicio y a plena luz y sol, había dado a su cuerpo de moza una esbeltez y flexibilidad que unidas al tinte claro de su piel y a la extraña belleza de su rostro y de sus ojos, la habían convertido en una especie de diosa del paraje.Los aborígenes respetaban a AMAIKE como cosa sagrada. Los sencillos pero valientes pobladores de los valles y del llano, crueles con sus declarados enemigos, pero en el fondo blandos y susceptibles a la superstición, encontraban algo de divino en aquella criatura un tanto misteriosa, de belleza no común, cuya mirada serena, pero profunda, los hacía mantener distancia, en respetuosa contemplación. Pocas veces se alejaba del lugar en que había nacido. Solo en oportunidades se distanciaba de su choza, oculta entre rocas y el follaje, cuando las quietas tardes primaverales llenaban los aires de perfumes y regalaban a la vista el verde nuevo de la vegetación. Cruzando ágilmente los arroyos y lomas encrespadas de rocas recorría sus dominios naturales, como una reina sin vasallos, con la sana alegría de la vida y la juventud. Desde lo alto de una colina rocosa, un mocetón indio, gigante y fuerte, hijo de un cacique que fuera desplazado de su tierra natal por los nuevos dominadores del desierto solía vigilar inmóvil horas enteras, hasta que el sol se perdía en el horizonte, a la espera de esa maravillosa aparición de la muchacha.Al principio la miraba como a una diosa, encandilado y cauto, a la distancia.Más adelante, saltaba a su encuentro en cuanto la divisaba, ganando a poco, con su destreza y su arrogancia, la confianza de AMAIKE hasta inspirarle el mismo sano y dulce amor que por ella había nacido. Él, vigilante, todas las tardes se situaba en su natural mirador de la colina, como un centinela y paciente esperaba las cada vez más frecuentes salidas de la hermosa muchacha. El amor los iba atando firmemente y en sus lazos, ambos jóvenes se entregaban con la ilusión de sus vidas en flor. Tan repetidas fueron las salidas de AMAIKE, de su oculta vivienda, que los soldados del fuerte tropezaban con su visión más de continúo y aunque se les escurría con la facilidad de siempre, el comentario de tan extraña pobladora de los valles se convierte en una especie de leyenda en la población.Dos soldados que hicieron una entusiasta descripción de la silvestre muchacha mientras bebían en el bodegón del naciente pueblo, al recibir como pago una incrédula carcajada general, negaron haber tenido visiones de borrachos y juraron traer prisionera a la "endiablada" y blanca indiecita, a fin de justificar su narración. Alguna base tenían para arriesgar ese juramento. Unos de los soldados había sospechado del periódico encuentro de la jovencita serrana con el indio valiente que desde una colina lejana permanecía firme y desafiante. Así es que a fuerza de vigilar, apostados en los senderos, lograron sorprender a la escurridiza muchacha. Esta, que nunca había sabido de violencias, pero que era fuerte y curtida, luchó desesperadamente y se defendió con coraje y decisión para no perder la libertad que la alejaba de sus prados y de su amor... Pero nada pudo hacer... Ya en plena noche, los tenaces soldados regresaban complacidos, y al franquear la entrada del fuerte, vióse con ellos a la más hermosa de las prisioneras.Los rústicos candiles alcanzaban a iluminar aquella figura escultural, cuyo rostro expresivo no perdía encanto ni siquiera a través de la mezcla de temor y desafío de sus grandes ojos, sorprendidos y acusadores. Ansiosos los captores de culminar su hazaña ante los ojos incrédulos de los parroquianos del bodegón, hacia allí se dirigía la singular caravana cuando... Nadie pudo explicar el descuido. Al verse AMAIKE fuera del fuerte, que tanto la había aterrado, o la visión de la posible libertad, le dieron tan singular impulso que habría de intentar desesperada fuga, aun a costa de ligaduras de las que no fuera liberada del todo al llegar. Tras un sorpresivo brinco, con agilidad felina puso alguna distancia entre sus torpes captores y se perdió en la impenetrable oscuridad de la noche. Pero un chapalear del agua del profundo foso hizo suponer que se había arrojado a él, temerariamente para despistar a sus perseguidores, o quizás que había caído involuntariamente en la infranqueable zanja...Al día siguiente, con las primeras luces de la madrugada, se tuvo certeza de que AMAIKE, había quedado prisionera de las aguas, de las cuales no había podido defenderse con sus hábiles recursos, a causa de las ligaduras de sus manos. Muerta para siempre, su recuerdo no tardo en apagarse y su existencia fue atribuida únicamente a la leyenda. Pero, en lo alto de la colina, por los días y los días, el atlético indio que aguardaba siguió firme en su mirador, con la esperanza ya vana, de volverla a ver. Su figura se hizo habitual para quienes dirigían la mirada hacia la colina y su silueta se recortaba constante, inmutable, en el cielo de la tarde. Su obstinada quietud, lo hacían semejar a una roca, desafiante a los vientos, las lluvias y los intrusos. No se sabe en que momento, o a raíz de que milagro de su quietud eterna, llegó a convertirse en una verdadera piedra...Y hoy, desde lo alto de la sierra como un misterioso vigía de la comarca, se yergue, firme, arrogante y siempre con ese extraño desafío, la enorme mole denominada justamente "EL CENTINELA".Quienes visitan el lugar, creen adivinar a través de los contornos de la erguida piedra, la figura imperturbable de quien espera todavía fiel a su amor, a la que nunca más volverá.

MANANTIAL DE LOS AMORES

Vivían en un rancho humilde un criollo viejo y su hija llamada Andrea, una morochita cuyos ojos eran como estrellas. Ella adoraba a su anciano padre... hasta que conoció a un hombre a quien adoró locamente. Murió el viejo criollo y Andrea quedó solita en el mundo. Después, poco a poco, el amante dejó de acudir a la cita y los ojos de Andrea cobraron un brillo extraño. Una noche, por las hondonadas se escuchó un canto doliente, quejumbroso... La linda paisanita con su clamor inútil, llamaba al amante que ya no volvería jamás. Desde ese entonces nunca se supo el paradero de Andrea, pero muchos afirman que en aquel lugar y en las noches de luna, se veía la silueta de una mujer; visión que musitaba un canto tierno, dolorido, apasionado..Y esta es la leyenda de ese paseo que siempre se ha llamado "El Manantial de los Amores".

CERRO LEONES

En aquellos remotos tiempos los aborígenes que ocupaban las verdes praderas cercanas a las sierras de la "Piedra Viva" no tenían más enemigos que algunas tribus guerreras que solían llegar de tierras más cálidas. Pero esto ocurría sólo tras largos períodos de tranquilidad. Por otra parte, de tiempo en tiempo, en un increíble vehículo de luces, bajaban del cielo unos curiosos y arrogantes viajeros. Como no causaban daños y por lo contrario, parecían proteger a los pampas, estos los consideraban como a seres superiores, especie de semi dioses y amigos. En cada llegada, los viajeros requerían la colaboración de "Naincú" (águila), la hechicera de la tribu, para recoger buena cantidad de hojas de "cayupa", una plantita rastrera que no abundaba pero que servía a los forasteros para algún menester no revelado. No fue entonces casual que la hechicera "Naincú" hubiera almacenado en su choza una respetable cantidad de la buscada hierba. Un plan tenía... Porque Moraida, la bella hija de la hechicera, andaba en amores con "Necolché" hijo mayor y heredero del Cacique y el proyecto de la bruja era concretar el casamiento para bien de su hija y... de sus planes de poder. Una sombra se cernía sobre la tranquilidad de la serrana toldería: llegaban noticias de que los ranqueles rondaban, cada vez mas cerca en sus bélicas correrías, alzándose con cuanto les resultara de valor. Desde lo alto de una colina rocosa, un mocetón indio, gigante y fuerte, hijo de un Cacique que fuera desplazado de su tierra natal por los nuevos dominadores del desierto solía vigilar inmóvil horas enteras, hasta que el sol se perdía en el horizonte, a la espera de esa maravillosa aparición de la muchacha. El temor ya cundía en los azorados pampas, pero al igual que en otros momentos de peligro, apareció un "carro del espacio". Los visitantes incitaron a los tranquilos lugareños a ejercitar sus armas y sus recursos defensivos. Tan repetidas fueron las salidas de AMAIKE, de su oculta vivienda, que los soldados del fuerte tropezaban con su visión más de continúo y aunque se les escurría con la facilidad de siempre, el comentario de tan extraña pobladora de los valles se convierte en una especie de leyenda en la población. Más, éstos consideraban que todo sería inútil para oponerse a aquellos avezados y crueles guerreros. A todo esto los viajeros del espacio, desesperados por no conseguir una brizna de la buscada hierba, localizaron a la hechicera que había permanecido recogida en su extraña choza. Antes el interés de los visitantes, la bruja concertó con ellos un curioso pacto: ella llevaría hasta el "carro volador un buen fardo de "cayupa" antes de la media noche. Pero los forasteros, con sus misteriosos recursos, deberían a su vez ayudarla a realizar algo concreto en favor de la seguridad del pueblo pampa y que a su vez sirviese para impactar al viejo cacique acerca de sus mágicos y renovados poderes. Una entrevista de "Naincú" con el preocupado cacique concluyó con otro pacto: si ella, con los nuevos poderes que decía haber desarrollado, conseguía levantar alguna muralla u otro medio de protección para sus dominios y su gente, como prueba de la renovada confianza del jefe, podría ver a su bella hija Moraida, desposada muy pronto con el heredero. Media noche. El "carro del cielo" encendió sus poderosas luces y pronto surco el firmamento, como una estrella fugaz. "Naincú" quedó preocupada. Los viajeros del espacio, una vez recibida la "cayupa" no dieron muestras de cumplir su promesa. Ni murallas, ni foso, ni barranco alguno, que pidieran protegerlos de la ambición y rapiña de otras tribus guerreras... Se durmió al fin la bruja. Y por la madrugada fue despertada por el alboroto de la chusma. Todos reían y la agasajaban. Al salir de la choza vio que uno de los cerros cercanos, hacia el poniente, había cambiado su forma por la de un inmenso león agazapado, mientras otro sector de la ladera delimitaba claramente la silueta de un segundo león, en descanso también, pero tan vigilante como él primero... Se consideró, y así fue por mucho tiempo, como una segura protección la presencia de esos gigantes leones que, aunque de piedra, atemorizaban a la distancia a los posibles invasores. El caso es que por años y años no hubo enemigos que se atrevieran a desafiar a aquellos impresionantes guardias. En su oportunidad, Necolché desposo a la encantadora Moraida, tocándole gobernar la tribu en momentos de plácida felicidad. Los viajeros celestes no llegaban casi nunca, señal que las cosas marchaban bien en el valle. Era evidente que habían cumplido la promesa hecha a Naincú de asegurar una prolongada época de tranquilidad. Cuando los blancos finalmente invadieron la zona, desde el naciente, y fundaron la hoy ciudad de TANDIL, aquel promontorio de granito no necesito ser bautizado: se lo nombró siempre como el CERRO DE LOS LEONES... Un día se estableció allí una importante cantera. Desde Tandil se trazo un ramal ferroviario y nació un pintoresco pueblito: Cerro Leones, cuna de destacados valores del deporte, música popular. Hasta no hace muchos años, cuando los barrios aledaños a Tandil eran aún verdes lomas y praderas, podía observarse hacia el noroeste, el gran león de granito sentado, que originara esta leyenda y diera definitivo nombre al paraje. (Poco a poco, la incesante extracción del granito y la explosión de los barrenos, hicieron cambiar la fisonomía del cerro, hoy a punto de desaparecer totalmente...)


Tandil, la piedra que late.

El origen del nombre se debe a un cacique indígena que habitaba en la zona. Sin embargo también se cuenta que había un río que tenía ese nombre antes que el cacique. Otros hacen un estudio de los vocablos mapuches o araucanos, donde Lil, que podría ser una deformación de Dil, equivale a "roca" o "peñasco". En cuanto a Tan se dice que deriva de Thau, que significa nada menos que "latir". Según estos analistas Tandil significaría "piedra que late" en obvia referencia a la piedra movediza. En el ámbito de la provincia de Buenos Aires, y más específicamente en los sistemas serranos de Ventania y Tandilia, se ubicaban los puelches –Guénaken-, grupo étnico que pertenecía a los aborígenes Tehuelches, que en voz araucana significa “gente del sur”. Los puelches eran recolectores y cazadores. Más tarde, con la llegada de los españoles, los puelches se sumaron a los pueblos de la pampa, que asolaron a los poblados blancos hasta mediados del siglo XIX. Doenohayal y Yahati era el nombre de dos caciques que escogieron por sede las avanzadas elevaciones llamadas: de Tandil o Caysu, y el Volcán, donde termina esta montaña. Una tercera parcialidad vive más al norte en "Carayhel" lo que significa: Puelches adherentes a los españoles. De esta parcialidad parte se compuso la reducción fundada por los jesuitas. Los más de ellos eran de estatura elevada y de cuerpo robusto y bien formado. Vivían en toldos de cuero de caballo; no eran muy aficionados a la agricultura, y preferían vivir de la caza. Era un grupo valeroso en la guerra. Sus armas eran lanzas muy agudas, ensartadas en cañas muy largas. No pocos tenían también espadas, introducidas por el comercio con los españoles, muy útiles para ellos, pero perniciosas para los cristianos. Las armas más propias de esta gente eran las saetas pequeñas y cortas, de madera dura y venenosa. Además usaban de las bolas, compuestas por dos balas pequeñas de pesada piedra, juntas con una cuerda de toro de unos diez pies de largo, y en las extremidades fuertemente torcida: las usaban con suma habilidad teniendo una de las balas en la mano y vibrando la otra colgada hacia el enemigo; largando la primera, las dos envuelven a la víctima de tal suerte, que atadas las manos y brazos por las dos bolas les hacían imposible la resistencia. En la caza es esa arma la que echada hacia el animal perseguido le envolvía las piernas. Además usaban para protegerse, una especie de escudo de cuero de guanaco, triple y bien labrado, y tan duro que solamente una bala de cañón lo podía penetrar. Hacia 1770 , el Virrey Juan José de Vértiz envió una expedición al sur que llegó a Tandil y dos años después cruza el cordón orográfico de Tandil y se describe minuciosamente un corral de piedra seca en las inmediaciones del arroyo Chapaleofú, prueba cabal de los asentamientos étnicos. Producida la Revolución de Mayo en 1810, el Coronel Pedro Andrés García presentó en 1816, un plan de defensa y colonización, insistiendo en el proyecto en 1821. Finalizando ese año, el Gobernador de la Provincia General Martín Rodríguez, realizó una campaña contra el indio, llegando hasta Chapaleofú. Al año siguiente comisionó al coronel García para llevar a cabo una expedición hasta las Sierras de la Ventana, a fin de parlamentar con los indios, proponerles tratados de paz y apreciar sus fuerzas y recursos. García aconsejó la fundación de dos fuertes: uno en la sierra del Volcán y otro en las laderas de la sierra del Tandil, que abrirían el camino a las comunicaciones con Carmen de Patagones. Este informe, indudablemente, influyó en la decisión del Gobierno de llevar a cabo la fundación de un fuerte en el Tandil. El 4 de Abril de 1823 el propio gobernador Brigadier Martín Rodríguez, funda el Fuerte de la Independencia (hoy Tandil). En 1850 se constituyó en Tandil la Primera Comisión Vecinal para asistir al juez de paz. Las incursiones de los indios por los campos del Tandil y la Lobería se hicieron más frecuentes hacia 1855. En 1865 se demolió el Fuerte, y al año siguiente se propuso la edificación de la Casa Municipal, que debía alojar, a la comisaría y a la cárcel. En 1873 se realizaron elecciones municipales que fueron ganadas estrechamente por los candidatos extranjeros, entre los que se hallaban el español Ramón Santamarina y los daneses Fugl y Manuel Eygler. Las incursiones esporádicas de indígenas continuaban, para desaparecer recién con la campaña militar del Gral. Roca. En 1883 se produce la llegada del Ferrocarril a Tandil. A partir de su llegada, la expansión económica fue casi explosiva. En la década del `10 se realizan las primeras construcciones públicas y privadas y se construye el Nuevo Palacio Municipal, delineándose también la Plaza Central.


LA LEYENDA PAMPEANA DE LA PIEDRA DE TANDIL

Este notable fenómeno de la naturaleza causó el asombro de cuantos le conocieron. La famosa piedra se encontraba sobre el lomo de una sierra del sistema del Tandil, en la provincia de Buenos Aires, República Argentina. Estaba situada en lo alto, al borde de un precipicio, unida a la roca por un punto de su base, sobre el cual se apoyaba inclinada hacia el vacío. Esta mole de granito tenía lo forma de una campana y media aproximadamente cinco metros de diámetro y cuatro de altura. Lo más notable de ella era que se balanceaba continuamente, oscilando a razón de sesenta veces por minuto. Ni los más violentos huracanes, ni los rayos ni nada pudo desprender la roca de su lugar, donde se mantenía con increíble equilibrio, ante la admiración de gran cantidad de personas que iban al lugar para verla. Un día, el 29 de febrero de 1912, sin ninguna causa visible, en las últimas horas de una tarde muy serena, la piedra rodó por la ladera sin que hasta la fecha haya podido explicarse la razón de la existencia ni los motivos de la caída de esta verdadera maravilla natural. A los pocos días de su caída, se acercó a la misteriosa piedra el gran escritor argentino Ricardo Rojas. Producto de esta visita, es un magnífico texto olvidado llamado La piedra muerta. Y ahora acompañemos el modo como la imaginación nativa concibió el origen de la extraña piedra...Era el principio de los tiempos. El Sol y la Luna eran marido y mujer: dos dioses gigantes, tan buenos y generosos como enormes eran. El Sol era el dueño de todo el calor y la fuerza del mundo; tanto era su poder que de sólo extender los brazos la tierra se inundaba de luz y de sus dedos prodigiosos brotaba el calor a raudales. Era el dueño absoluto de la vida y de la muerte. Ella, la Luna, era blanca y hermosa. Dueña de la sabiduría y el silencio; de la paz y la dulzura. Ante su presencia todo se aquietaba. Andando por la tierra crearon la llanura: una inmensa extensión que cubrieron de pastos y de flores para hacerla más bella. Y la llanura era una lisa alfombra verde por donde los dioses paseaban con blandos pasos. Luego crearon las lagunas donde el Sol y la Luna se bañaban después de sus largos paseos. Pero los dioses se cansaron de estar solos: y poblaron de peces las aguas y de otros animales la tierra. ¡Qué felices se sentían de verlos saltar y correr por sus dominios! Satisfechos de su obra decidieron regresar al cielo. Entonces fue cuando pensaron que alguien debía cuidar esos preciosos campos: y crearon a sus hijos, los hombres. Ahora ya podían regresar. Muy tristes se pusieron los hombres cuando supieron que sus amados padres los dejarían. Entonces el Sol les dijo: -Nada debéis temer; ésta es vuestra tierra. Yo enviaré mi luz hasta vosotros, todos los días. Y también mi calor para que la vida no acabe.
Y dijo la Luna: -Nada debéis temer; yo iluminaré levemente las sombras de la noche y velaré vuestro descanso. Así pasó el tiempo. Los días y las noches. Era el tiempo feliz. Los indios se sentían protegidos por sus dioses y les bastaba mirar al cielo para saber que ellos estaban siempre allí enviándoles sus maravillosos dones. Adoraban al Sol y la Luna y les ofrecían sus cantos y sus danzas. Un día vieron que el Sol empezaba a palidecer, cada vez más y más y más... ¿qué pasaba?, ¿qué cosa tan extraña hacía que su sonriente rostro dejara de reír? Algo terrible, pero que no podían explicarse, estaba sucediendo. Pronto se dieron cuenta que un gigantesco puma alado acosaba por la inmensidad de los cielos al bondadoso Sol. Y el Dios se debatía entre los zarpazos del terrible animal que quería destruirlo. Los indios no lo pensaron más y se prepararon para defenderlo. Los más valientes y hábiles guerreros se reunieron y empezaron a arrojar sus flechas al intruso que se atrevía a molestar al Sol. Una, dos, miles y miles de flechas fueron arrojadas, pero no lograban destruir al puma, que, por el contrario, cada vez se ponía más furioso. Por fin uno dio en el blanco y el animal cayó atravesado por la flecha que entraba por el vientre y salía por el lomo. Sí, cayó, pero no muerto. Y allí estaba, extendido y rugiendo; estremeciendo la tierra con sus rugidos. Tan enorme era que nadie se atrevía a acercarse y lo miraban, asustados, desde lejos. En tanto el Sol se fue ocultando poco a poco; había recobrado su aspecto risueño. Los indios le miraban complacidos y él les acariciaba los rostros con la punta de sus tibios dedos. El cielo se tiñó de rojo... se fue poniendo violeta.., violeta. ... y poco a poco llegaron las sombras. Entonces salió la Luna. Vio al puma allá abajo, tendido y rugiendo. Compadecida quiso acabar con su agonía. Y empezó a arrojarle piedras para ultimarlo. Tantas y tan enormes que se fueron amontonando sobre el cuerpo hasta cubrirlo totalmente. Tantas y tan enormes que formaron sobre la llanura una sierra: la Sierra de Tandil. La última piedra que arrojó cayó sobre la punta de la flecha que todavía asomaba y allí se quedó clavada. Allí quedó enterrado, también, para siempre, el espíritu del mal, que según los indios no podía salir. Pero cuando el Sol paseaba por los cielos, se estremecía de rabia siempre con el deseo de atacarlo otra vez. Y al moverse hacía oscilar la piedra suspendida en la punta de la sierra.

LA LEYENDA DE LA PIEDRA EL CENTINELA

Eran los primeros tiempos del Fuerte Independencia, que había incrustada su avanzada civilizadora entre los ricos valles y serranías de la hoy floreciente TANDIL. Algunos soldados que se aventuraban, en vespertinas cacerías hacia los inexplorados rincones de las serranías, habían traído la noticia o la leyenda de una extraña jovencita, de piel blanca, de hermoso porte. Que como una gacela sorprendida, desaparecía con habilidad en cuanto se apercibía de ser observada, siendo inútil después cuanto se hiciera para volver a encontrarla. AMAIKE era una extraña flor de la región. Su madre, india, había muerto cuando ella era muy niña. Vivía junto al cariño de su padre, un hombre ciertamente curioso en su aspecto y que, por otra parte, denunciaba su ascendencia extranjera, y puede ello admitirse, que era hijo de la cautiva de un gran Cacique. AMAIKE había heredado la fortaleza de la raza aborigen y una belleza asiática que contrastaba con la rusticidad de las hijas del lugar. Su vida natural, en constante ejercicio y a plena luz y sol, había dado a su cuerpo de moza una esbeltez y flexibilidad que unidas al tinte claro de su piel y a la extraña belleza de su rostro y de sus ojos, la habían convertido en una especie de diosa del paraje. Los aborígenes respetaban a AMAIKE como cosa sagrada. Los sencillos pero valientes pobladores de los valles y del llano, crueles con sus declarados enemigos, pero en el fondo blandos y susceptibles a la superstición, encontraban algo de divino en aquella criatura un tanto misteriosa, de belleza no común, cuya mirada serena, pero profunda, los hacía mantener distancia, en respetuosa contemplación. Al principio la miraba como a una diosa, encandilado y cauto, a la distancia. Más adelante, saltaba a su encuentro en cuanto la divisaba, ganando a poco, con su destreza y su arrogancia, la confianza de AMAIKE hasta inspirarle el mismo sano y dulce amor que por ella había nacido. Él, vigilante, todas las tardes se situaba en su natural mirador de la colina, como un centinela y paciente esperaba las cada vez más frecuentes salidas de la hermosa muchacha. El amor los iba atando firmemente y en sus lazos, ambos jóvenes se entregaban con la ilusión de sus vidas en flor. En una oportunidad, dos soldados que hicieron una entusiasta descripción de la muchacha mientras bebían en el bodegón del naciente pueblo de Tandil, juraron traer prisionera a la "endiablada" y blanca indiecita, a fin de justificar su narración. Alguna base tenían para arriesgar ese juramento. Unos de los soldados había sospechado del periódico encuentro de la jovencita serrana con el indio valiente que desde una colina lejana permanecía firme y desafiante. Así es que a fuerza de vigilar, apostados en los senderos, lograron sorprender a la escurridiza muchacha. Esta, que nunca había sabido de violencias, luchó desesperadamente y se defendió con coraje y decisión para no perder la libertad que la alejaba de sus prados y de su amor... Pero nada pudo hacer... Ya en plena noche, los tenaces soldados regresaban complacidos, y al franquear la entrada del fuerte, vióse con ellos a la más hermosa de las prisioneras. Al día siguiente, con las primeras luces de la madrugada, se tuvo la certeza de que AMAIKE había sido hecha prisionera por el hombre blanco. Entre los indios, su recuerdo no tardó en apagarse y su existencia fue atribuida únicamente a la leyenda. Pero, en lo alto de la colina, por los días y los días, el atlético indio que aguardaba siguió firme en su mirador, con la esperanza ya vana, de volverla a ver. Quienes visitan el lugar, creen adivinar a través de los contornos de la erguida piedra, la figura imperturbable de quien espera todavía fiel a su amor, a la que nunca más volverá.

La leyenda de AMAIKE

Eran los primeros tiempos del Fuerte Independencia, que había incrustado su avanzada civilizadora entre los ricos valles y serranías de la hoy floreciente Tandil. Algunos de los soldados que se aventuraban en vespertinas cacerías, hacia inexplorados rincones de las sierras, habían traído la noticia o la leyenda de una extraña jovencita, de piel blanca, de hermoso porte, que como una gacela sorprendida desaparecía con habilidad en cuanto se apercibía de ser observada; siendo inútil después encontrarla.AMAIKE era una extraña flor de la región. Su madre india, había muerto cuando ella era muy niña. Vivía sola, junto al cariño de su padre, un hombre ciertamente curioso en su aspecto y que, por otra parte, denunciaba su ascendencia extranjera. De él se decía, y puede ello admitirse, que era hijo de la cautiva de un gran cacique. AMAIKE había heredado la fortaleza de la raza aborigen y una belleza asiática que, si bien hallaba apropiado marco en tan precioso lugar, contrastaba con una rusticidad de las hijas del lugar. Su vida natural, en constante ejercicio y a plena luz y sol, había dado a su cuerpo de moza, una esbeltez y flexibilidad que, unidas al tinte claro de su piel y extraña belleza de su rostro y de sus ojos, la habían convertido en diosa del paraje.Los aborígenes respetaban a AMAIKE como cosa sagrada. Los sencillos y valientes pobladores de los valles y del llano, crueles con sus declarados enemigos pero en el fondo blandos y susceptibles a la superstición, encontraban algo divino en aquella criatura un tanto misteriosa , de belleza no común, cuya mirada serena, pero profunda, los hacía mantener a la distancia, en respetuosa contemplación.Pocas veces se alejaba del lugar en donde había nacido. Solo en oportunidades se distanciaba de su choza, oculta entre las rocas y el follaje, cuando las quietas tardes primaverales llenaban los aires de perfumes y regalaban la vista con el verde nuevo de la vegetación. Cruzando ágilmente los arroyos y lomas encrespadas de rocas, recorría sus dominios naturales, como una reina sin vasallos, con la sana alegría de la vida y de la juventud. Desde lo alto de una colina rocosa, un mocetón indio, gigante y fuerte, hijo de un cacique que fuera desplazado de su tierra natal por los nuevos dominadores del desierto, solía vigilar inmóvil, horas enteras, hasta que el sol se perdía en el horizonte, a la espera de esa maravillosa aparición de la muchacha. Al principio la miraba como a una diosa, encandilado y cauto, a la distancia. Más adelante, saltaba a su encuentro en cuanto la divisaba, ganando de a poco, con su destreza y su arrogancia, la confianza de Amaike, hasta inspirarle el mismo sano y dulce amor que por ella había nacido. El vigilante, todas las tardes se situaba en su natural mirador de la colina, como un centinela. Impaciente esperaba la cada vez más frecuente salida de la hermosa muchacha. El amor los iba atando cada vez más firmemente y, en sus lazos, ambos jóvenes se entregaban a su ilusión. Tan repetidas fueron resultando las salidas de AMAIKE, de su oculta vivienda, que los soldados del fuerte tropezaban con ella continuamente; y aunque se les ocurría con la misma facilidad de siempre el comentario de tan extraña pobladora de los valles, llegó a convertirse en una especie de leyenda en la monótona población.Dos soldados que hicieran una entusiasta descripción de la silvestre muchacha, mientras bebían en el bodegón del naciente pueblo, al recibir como pago una incrédula carcajada general, negaron haber tenido visiones de borrachos y juraron traer prisionera a la "endiablada" y blanca indiecita, a fin de justificar su narración.Alguna base tenían para arriesgar ese juramento. Uno de los soldados había sospechado del periódico encuentro de la jovencita serrana con el indio valiente que, desde una lejana colina, permanecía firme y desafiante.Así es que a fuerza de vigilar; apostados en los senderos, lograron sorprender con la complicidad de sus compañeros, a la escurridiza muchacha.Esta, que nunca había sabido de violencias, pero que era fuerte y curtida, luchó desesperadamente y se defendió con coraje y decisión para no perder la libertad que la alejaba de sus prados y de su amor. Pero nada pudo hacer...Ya en plena noche, los tenaces soldados regresaban complacidos, y al flanquear la entrada del fuerte, vióse llegar con ellos a la más hermosa de las prisioneras.Los rústicos candiles alcanzaban a iluminar aquella figurita escultural, cuyo rostro expresivo no perdía encanto ni siquiera a través de la mezcla de temor y desafío de sus grandes ojos, sorprendidos y acusadores.Ansiosos los captores de culminar su hazaña, ante los ojos de incrédulos parroquianos del bodegón, hacia allí se dirigía la singular caravana cuando...Nadie pudo explicar el descuido. Al verse AMAIKE fuera del fuerte, que tanto la había aterrado, o la visión de la posible libertad, le dieron tan singular impulso que habría de intentar desesperada fuga, aún a costa de ligaduras de las que no fuera liberada del todo al llegar.Tras un sorpresivo brinco, con agilidad felina, puso alguna distancia entre sus torpes captores y se perdió en la inefable oscuridad de la noche. Pero un chapalear de agua del profundo foso hizo suponer que se había arrojado a él, temerariamente, para despistar a sus perseguidores o quizás, que había caído involuntariamente en la infranqueable zanja. Recién al día siguiente, con las primeras luces de la madrugada, se tuvo la certeza de que AMAIKE, la extraña flor de la serranía, había quedado prisionera de las aguas, de las cuales no había podido defenderse con sus hábiles recursos, a causa de las ligaduras de sus manos. Muerta para siempre, su recuerdo no tardó en apagarse y su existencia fue atribuida únicamente a la leyenda.Pero a lo alto de la colina, por días y días, el atlético indio que aguardaba, siguió firme en su mirador, con la esperanza, ya vana de volverla a ver. Su figura, se hizo habitual para quienes dirigían la mirada a la lejana colina, y su silueta se recortaba constante e inmutable en el cielo de la tarde. Su obstinada quietud, lo hacía semejar a una roca, desafiante de los vientos, la lluvia y los intrusos. No se sabe en qué momento, o a raíz de qué milagro de su quietud eterna, llegó a convertirse en una verdadera piedra...Y hoy desde lo alto de la sierra como un misterioso vigía de la comarca se yergue, firme, arrogante, y siempre con ese extraño desafío, la enorme mole denominada justamente "EL CENTINELA".Los turistas y los enamorados que visitan el lugar, creen adivinar a través de los contornos de la erguida piedra, la figura imperturbable de quien todavía espera, fiel a su amor, la que nunca más llegó.

LA LEYENDA DE EL GRAN LEON DE LA PAMPA

Los de Hernandarias fueron los primeros cristianos que se extasiaron en asombro ante la presencia de la piedra danzante. Hasta ellos llegó la fábula que decía que..En tiempos remotos, el sol y la luna fueron esposos gigantes, creadores de la pampa, luego de que sembraron de pastos y flores la sábana, que hicieron brotar en las lagunas y crearon los animales y los hombres, y retornaron al cielo, de dónde habían bajado. Como prenda de alianza con sus hijos, el sol siguió enviándole su luz de día, y la luna derramando la suya de noche.Así pasaron años, siglos, eras, hasta que una mañana, los hombres notaron algo anormal en el sol, le vieron palidecer, casi extinguirse. Era que un puma -León de la pampa- gigantesco y aludo, le acosaba por la intensidad de los cielos, y había hecho presa de él. Con esto se reunieron los más hábiles guerreros y decidieron atacar al puma con sus flechas. Una de ellas dio en el blanco, traspasando al puma, que cayó a la tierra con el vientre atravesado y la flecha saliéndole por el espinazo. El monstruo, en su agonía lanzaba tan terribles rugidos, que ninguno se acercaba para rematarlo. El sol, entre tanto, había recuperado su apariencia risueña, y regalaba a sus hijos con su mayor luz, y a la hora de costumbre se ocultó. Salió la luna y como vio con vida al puma, le fue tirando piedras hasta ultimarlo, tantas en número que se amontonaron hasta formar una sierra.. La sierra de Tandil. La última piedra cayó sobre la flecha y en ella quedó clavada, tal como los conquistadores la tenían ante la vista -La Movediza-, pero el puma, aunque enterrado no estaba muerto. Al apuntar los primeros rayos de la aurora se estremecían de rabia, se movía como si quisiera atacar de nuevo al sol, y hacía oscilar la piedra que coronaba la flecha, siguiendo la dirección del astro, motivo de su vaivén eterno.El simbolismo del felino y el sol, o del felino y la luna, adquiere un claro significado frente a las creencias de los indígenas, de que los eclipses solares, o lunares ocurren porque el tigre, divinidad alada, hace presa de uno u otro astro y lo come. El sol y la luna vuelven a resplandecer como signo de que la fiera no pudo devorarlos. Esta fábula fue recogida por Hernandarias de boca de los pampas, al pie de la Piedra Movediza..

La leyenda de Nanincu y los guardianes de piedra

En aquellos remotos tiempos, los aborígenes que ocupaban las verdes praderas cercanas a las sierras de la "Piedra Viva" (piedra Movediza) no tenían más enemigos que algunas tribus guerreras que solían llegar de tierras más cálidas. Pero esto ocurría tras largos períodos de tranquilidad. Por otra parte, de tiempo en tiempo, en un increíble vehículo de luces, bajaban del cielo unos curiosos y arrogantes viajeros. Como no causaban daño y, por lo contrario, parecían proteger a los Pampas, éstos los consideraban seres superiores, especie de semidioses, y amigos. En cada llegada, los viajeros requerían la colaboración de "NAINCU" (águila), la hechicera de la tribu, para recoger buena cantidad de hojas de "cayupa", una plantita rastrera, que no abundaba pero que servía a los forasteros para algún menester no revelado. No fue, entonces, casual que la hechicera "NAINCU" hubiera almacenado en su choza una respetable cantidad de la buscada hierba. Un plan tenía...Porque Moraida, la bella hija de la hechicera, andaba en amores con "NECOLOCHE" (hombre rápido y veloz), hijo mayor y heredero del cacique. Y el proyecto de la bruja era conectar el casamiento. Para bien de su hija y .. de sus planes de poder.Una sombra se cernía sobre la tranquilidad de que los ranqueles rondaban, cada vez más cerca de sus bélicas correrías, alzándose como cuanto les resultara de valor. El temor ya cundía en los azorados pampas. Pero a igual que en otros momentos se apareció un "carro del espacio". Los visitantes iniciaron a los tranquilos lugareños a ejercitar sus armas y sus recursos defensivos. Más éstos consideraban que todo sería inútil para oponerse a aquellos avezados y crueles guerreros.A todo esto, los viajeros del espacio, desesperados por no conseguir una brizna de la buscada hierba, localizaron a la hechicera que había permanecido recogida en su extraña choza. Ante el interés de los visitantes, la bruja concertó con ellos un curioso pacto: ella llevaría hasta el "carro volador" un buen fardo de "cayupa", antes de la media noche. Pero los forasteros, con sus misteriosos recursos, deberían a su vez ayudarla a realizar algo concreto en favor de la seguridad del pueblo pampa y que a su vez sirviese para impactar al viejo cacique acerca de sus mágicos y renovados poderes. Una entrevista de "NAINCU" con el preocupado cacique concluyó con otro pacto: si ella, con los nuevos poderes que decía haber desarrollado conseguía levantar una nueva muralla u otro medio de protección para sus dominios y su gente, como prueba de la renovada confianza del jefe, podría ver a su bella hija, "MORAIDA", desposada muy pronto con el heredero.Media noche. El "CARRO DEL CIELO" encendió sus poderosas luces, y pronto surcó el firmamento, como una estrella fugaz."NAINCU" quedó preocupada. Los viajeros del espacio, una vez recibida la "CAYUPA" no dieron muestras de cumplir su promesa. Ni murallas, ni foso, ni barranco alguno que pudiera protegerlos de la ambición y rapiña de otras tribus guerreras...Se durmió, al fin la bruja. Y por la madrugada, fue despertada por el alboroto de la chusma. Todos reían y la agasajaban. Al salir de la choza vio que uno de los cerros cercanos, hacia el poniente, había cambiado su forma por la de un inmenso león agazapado, mientras en otro sector de la ladera delimitaba claramente la silueta de un segundo león, en descanso también, pero tan vigilante como el primero...Se consideró- y así fue por mucho tiempo- como una segura protección la presencia de esos gigantescos leones que, aunque de piedra, atemorizaban a la distancia a los posibles invasores. El caso es que por años y años no hubo enemigos que se atrevieran a desafiar a aquellos impresionantes guardianes.En su oportunidad, "NECOLCHE" desposó a la encantadora "MORAIDA”, tocándole gobernar la tribu en momento de plácida felicidad. Los viajeros celestes no llegaban casi nunca, señal que las cosas marchaban bien en el valle. Era evidente que habían cumplido la promesa hecha a "NAINCU" de asegurar una prolongada época de tranquilidad. Cuando los blancos, finalmente invadieron la zona -desde el naciente- y fundaron la hoy ciudad de Tandil, aquel promontorio de granito no necesitó ser bautizado: se lo nombró siempre por el CERRO DE LOS LEONES...Un día se estableció allí una importante cantera. Desde Tandil se trazó un ramal ferroviario y nació un pintoresco pueblito: CERRO LEONES, cuna de destacados valores del deporte y la música popular, etc..Hasta no hace muchos años, cuando los barrios aledaños a Tandil eran aún, verdes lomas y praderas, podía observarse hacia el N.O el gran león sentado, que originara esta leyenda y diera definitivo nombre al paraje. (Poco a poco, la incesante extracción de granito y la explotación de los barrenos, hicieron cambiar la fisonomía del cerro, hoy a punto de desaparecer totalmente...).